Andreu World

Sánchez Plá es distribuidor de productos Andreu World

Andreu World Muebles de diseño

Andreu World tiene su origen en la idea e inquietud de su fundador y Presidente, Francisco Andreu Martí, allá por el año 1955 desde un pequeño taller de ebanistería en la localidad de Alaquàs, muy próximo a Valencia.

Hoy en día, reúne a un equipo de profesionales altamente cualificado, dando empleo a más de 230 personas, a partir de una premisa muy clara: el diseño y la calidad.

Disponen de tres centros de producción: dos localizados en la misma provincia de Valencia y el tercero en Navarra.

Actualmente dedica un 60% de su producción a la exportación. La red comercial de Andreu World abarca los cinco continentes. Países como Nueva Zelanda, Emiratos Árabes Unidos, Singapur, Japón, México, Argentina y Estados Unidos son sólo algunos ejemplos en los que la marca está presente.

En Chicago (EE.UU.) se ubica un Showroom permanente de la empresa, así como las oficinas de la delegación Americana, en el emblemático edificio Merchandise Mart.

Empezar de menos cero

El principio se remonta medio siglo, durante el año 55, cuando un joven de 17 años hereda de su padre horas en un taller de ebanistería, una mentalidad de joven empresario y un problema: la pérdida de la empresa familiar de muebles de madera. Francisco Andreu convertiría esa adversidad en la motivación para empezar de nuevo. “Empezamos de cero. Pero yo conocía la empresa desde los diez años. Y me gustaba”.

Corrían unos años “mucho más duros para la economía, pero bastante más fáciles para los empresarios. Todo estaba por hacer y la competencia era escasa. Hoy sería más difícil arrancar una firma desde cero y lanzarla a competir con el mundo”, señala Francisco Andreu, un empresario formado y crecido con sus fábricas, que conoce porque los ha realizado, cada uno de los procesos de manufactura de una silla, desde la selección de la madera, la localización de bosques maderables y aserrado del tronco hasta los procesos de lijado, barnizado o el tapizado de los asientos. En la propia casa familiar de Alacuás, a las afueras de Valencia, y sin electricidad, comenzaron a fabricar piezas de madera, curvados, montaje y barnizado de sillas que revisaban modelos históricos.

Corrían los primeros años cincuenta y buena parte del trabajo lo realizaban, fuera de horarios laborales, en talleres ajenos que antiguos amigos les cedían de manera altruista. Las sillas se transportaban en carros y se vendían a tiendas de muebles y a algún viajante de comercio. Los inicios fueron duros y el trabajo constante. Sólo se podía crecer. Tras unos años de precariedad la empresa despertó. Llegó la electricidad y con ella las sierras, una lijadora, un taladro y alguna herramienta más, encerrada en un nuevo local de 32 metros cuadrados. Con veintitrés años, Francisco Andreu tras evaluar el potencial del negocio y discutirlo con los comerciales inauguró la que sería la tercera sede de su creciente empresa: una nave de doscientos metros todavía en la parte trasera de su vivienda. La fábrica crecía y las sillas se estilizaban. Los modelos 72 (1957) y 123 (1963) evocan la sencillez del estilo nórdico que se impuso en los años cincuenta, una imagen de la que Andreu se empapaba, en sus visitas a la feria de Milán, y escuchando las demandas del público. “Viajar entonces no era fácil. Tenías que pedir avales bancarios y dormir en la furgoneta, pero salir de España me abrió los ojos. Tenía la ilusión de fabricar modelos de sillas vanguardistas”. Una década más tarde, con la llegada de los sesenta, esa inquietud se materializó gracias a otra desgracia. Un siniestro en la zona de maquinaria de la fábrica destrozó la nave. Un vecino de la cooperativa obrera les ofreció una factoría de 800 metros cuadrados. Se hicieron cuentas y decidió dar el salto. Nacía así Curvados Andreu.

Una empresa moderna y decidida

Curvados Andreu se convirtió muy pronto en una empresa mediana y cuarenta trabajadores realizaban ya todo el proceso de producción y tapizado de unas sillas, de palo redondo y torneado, cada vez más sobrias. La firma siguió creciendo colonizando los talleres cercanos. La red comercial estaba en marcha. Vendían por toda España y la producción comenzó a aumentar. “En una época en la que trabajábamos sin catálogos, con señores que cargaban las sillas en sus coches, la producción era la principal fortaleza de una fábrica. Necesitábamos aumentarla y esa necesidad nos llevó a acercarnos a la materia prima, a la madera de haya”. En la seguridad y la fidelidad a una materia prima cabe leer otra de las claves de la pausada pero rotunda evolución de esta empresa. “Yo creía que la madera de haya era vulgar. Hasta que traté de mejorar la madera de nuestras sillas y tras viajar a Singapur, Malasia, Indonesia y Brasil comprobé que no sólo no era vulgar, sino que era la mejor. Las otras maderas no curvaban igual, las tropicales tenían el poro demasiado abierto, y entre las nacionales, el roble curva mal, explota, y la caoba se arruga. El haya es compacta, fina, elástica, tiene el poro cerrado y tiene un buen precio. Para nosotros es la mejor madera”. Francisco Andreu no aprendió de maderas en los libros sino tratándolas, probándolas, retándolas. Y fue la madera, precisamente, la que decidió el siguiente gran paso en la evolución del negocio. Buscaron un bosque de hayas en Navarra y montaron una serrería para abastecer a la fábrica de Valencia. Años más tarde, levantarían otra factoría en Eulate, cerca de la serrería, que bautizarían como Andreu Nord. Ese nuevo nombre, con localizador geográfico, serviría también para renombrar la antigua fábrica de Alacuás, remodelada y ampliada, que se convirtió en Andreu Est.

En los años setenta el diseño hizo su entrada en Andreu World. Llegaron los diseñadores industriales y también los gráficos, para actualizar la identidad corporativa y la comunicación de la empresa. Curvados Andreu, se convirtió en Andreu World, cuyo logotipo actual se encomendó a un grafista de prestigio, Mario Eskenazi, distinguido con el Premio Nacional de Diseño. El pictograma nace de la combinación de varios símbolos, entre ellos el Compasso d’Oro. La versión conmemorativa para los 50 años de Andreu World es obra de Antonio Solaz. Pero de nuevo fueron los viajes los que decidieron el destino de la empresa. La maquinaria era tan importante como la materia prima y la madera empezaba a ser tan fundamental como el diseño. En el año 72, consiguió importar la sofisticada maquinaria de almacenaje y expedición de mercancías que había admirado en las ferias de Hannover y Basilea y que, todavía hoy, organiza el principal almacén de la empresa. “Cuando empezamos teníamos una lista de prioridades que, con el tiempo, conseguíamos ir cumpliendo y tachando. Cuando las hubimos tachado todas, nos sentamos para componer una nueva lista de objetivos, aunque ya no eran prioritarios. Eran apuestas”. Fue entonces, con las prioridades cubiertas, cuando el diseño hizo su entrada en la empresa. O la empresa en el mundo del diseño. Fue una doble apuesta. “Una decisión personal: todas las empresas que me despertaban admiración habían hecho del diseño su baza principal”. Y una solución empresarial: necesitaban crecer. Tras analizarlo y discutirlo con el área comercial se llegó a la conclusión de que “Debíamos hacer dos catálogos. Mantener los antiguos clientes e idear una nueva producción”. Las sillas que se querían hacer necesitaban otros clientes y para lograrlos necesitaban otra voz. Otra presencia en el mercado. Otro catálogo. De ahí nació Iberchair y Slae, dos líneas comerciales con vocación de diseño y ambición de exportación. Una lista de diseñadores ilustres de la región comenzó a desfilar por la factoría de Alacuás. Ximo Roca, fue uno de los primeros, junto con Vicente Soto y Ángel Martí. “Pero las empresas no son sólo números ni diseñadores ni siquiera productos. Son conjuntos en los que todos los factores cuentan”. Gracias al conjunto de personas que trabajaban en la empresa nació, renacida, Andreu World, la empresa –rebautizada a partir del comienzo de las exportaciones– se volcó en el diseño. Ese fue su objetivo y su apuesta. Corrían los últimos años ochenta cuando, de la mano de Lluscá, Quod, Pensi, Pete Sans, Josep Mora, Nancy Robbins, Bernal e Isern, Pedro Miralles o Alberto Lievore lograron componer un catálogo de talla internacional.

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